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Salud mental en personas con discapacidad

El tratamiento debe derivarse de un diagnóstico biopsicosocial integral. Los principios básicos del tratamiento psiquiátrico para una enfermedad mental determinada son esencialmente los mismos para todas las personas, tengan o no discapacidad, aunque siempre resulte necesario adaptarlo a sus necesidades individuales, sus circunstancias de vida y sus habilidades cognitivas y de comunicación. Es importante tener muy presente que el objetivo del tratamiento no es únicamente eliminar los síntomas, sino ayudar a la persona a vivir lo mejor posible.
 

  • Tratamientos psicosociales y cognitivos
    • Existe un debate acerca de si las personas con discapacidad intelectual o con deterioro cognitivo pueden beneficiarse de las terapias psicológicas individuales y cada vez es mayor el consenso entre los especialistas para afirmar que, si la terapia está bien orientada, la discapacidad intelectual ligera o moderada o el deterioro cognitivo también ligero no es una contraindicación para una terapia individual, siempre y cuando la persona conozca el propósito de la intervención y se sienta motivada para someterse a ella. En cambio, en el caso de las personas con discapacidad intelectual severa o profunda, es más que probable que las limitaciones cognitivas y las bajas o inexistentes habilidades verbales impidan resultados adecuados. En tales supuestos, para trabajar los desajustes emocionales conviene recurrir a terapias no verbales, por ejemplo, terapias a través del teatro, el arte, la música y otras formas creativas.
    • Por su parte, el entrenamiento cognitivo, tanto individual como grupal, es una intervención cada vez más aplicada en personas con discapacidad. Está indicado en personas con discapacidad intelectual ligera y moderada que padezcan depresión, trastornos de la ansiedad o trastorno obsesivo compulsivo. Este tratamiento parece resultar particularmente útil para el control de la agresividad, en la medida en que enseña a la persona a analizar los estímulos del ambiente que desencadenan las respuestas agresivas, y le dota de técnicas de autocontrol.
    • Las personas con discapacidad intelectual pueden beneficiarse de las terapias de grupo, familiares o individuales. Los objetivos de este tipo de tratamientos van dirigidos no sólo a suprimir las conductas disruptivas o desadaptadas, sino a reemplazarlas por otras conductas o habilidades más constructivas o mejor adaptadas.
       
  • Tratamientos ambientales
    • El ambiente físico y social influye en la conducta, de ahí que resulte esencial que los entornos de trabajo, ocio y vivienda se adapten adecuadamente a las necesidades cambiantes de la persona. Por ejemplo, si una persona está pasando por una fase de depresión que le lleva a descuidar su apariencia y su higiene personal o que le lleva a abandonar las actividades que desarrollaba hasta entonces de forma autónoma en el entorno comunitario, es imprescindible adaptar el nivel de apoyo que se le presta, proporcionándole ayuda para el cuidado personal, en el primer caso, o para ayudarle a proseguir con las actividades que realizaba hasta entonces.
    • Desde esta óptica, es especialmente reseñable la importancia del diseño ambiental, para favorecer y mejorar la comunicación, la interacción social, la cohesión. El comportamiento y la capacidad de las personas está muy determinado por la interacción entre la persona y su entorno. De ahí que las características físicas y arquitectónicas, las pautas organizativas y de funcionamiento en centros residenciales tengan un fuerte impacto en el comportamiento y en el ajuste de las personas.
       
  • Tratamientos farmacológicos
    • Las terapias mencionadas en los apartados anteriores pueden complementarse con el uso de psicofármacos (antipsicóticos, antidepresivos,..) y, en algunos casos, pueden llegar a ser el único tratamiento idóneo o posible. Los psicofármacos, cuando se emplean bien, pueden mejorar enormemente la calidad de vida de las personas con problemas de salud mental. Con todo, es necesario administrarlos con cautela:
      • Lógicamente, es esencial que la prescripción del fármaco y de la dosis a administrar recaiga siempre en la o el psiquiatra, quien debe proceder a dicha prescripción una vez diagnosticado el trastorno mental. Eso sí, para alcanzar dicho diagnóstico, puede contar, además de con la entrevista clínica con la persona afectada, con la información recogida por el personal del servicio en relación con los cambios conductuales o físicos observados.
      • No hay que olvidar que un objetivo esencial de la medicación es la mejora de la calidad de vida de la persona. Si vemos, como es frecuente, que con la toma de la medicación disminuye o elimina los problemas observados pero que ese resultado se consigue a costa de que la persona se encuentre dormida o aletargada durante buena parte del día, es esencial replantearse la adecuación de la medicación para determinar si realmente es la medicación más adecuada o si pueden existir soluciones mejor adaptadas.
      • La intervención psicofarmacológica debe someterse a un control que permita evaluar la efectividad del tratamiento.
      • La medicación psicofarmacológica puede tener efectos secundarios muy diversos (algunos, irreversibles), y por ello hay que mostrarse muy cautelosos en su prescripción y administración. El médico siempre debe explicar estos posibles efectos secundarios y las actuaciones que pueden llevarse a cabo si éstos aparecen, siendo indispensable que las y los profesionales se muestren vigilantes para detectar unos efectos que la propia persona puede ser incapaz de comunicar.
      • Las y los profesionales del servicio residencial no deben modificar ni el tipo de medicación, ni las dosis administradas, sin consultarlo primero con la o el especialista.
      • La adecuada combinación entre una medicación efectiva y una buena orientación psicológica es una de las vías de intervención más efectivas, de modo que, siempre que resulte posible, el uso de la medicación debe ir unido a un tratamiento psicosocial.
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