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El impacto del envejecimiento en la salud de las personas con discapacidad

Es un hecho contrastado que la calidad de vida en la vejez depende en gran medida de la calidad de vida que se ha disfrutado con anterioridad. Así, determinados hábitos de vida no saludables aumentan la vulnerabilidad de las personas a padecer enfermedades. Por ejemplo, los estilos de vida saludables, que integran una dieta sana, algo de ejercicio físico, regularidad en el sueño y una cierta frecuencia en las relaciones sociales tienden a garantizar un mejor estado de salud en la vejez; por el contrario, un estilo de vida sedentario aumenta el riesgo de padecer obesidad y diabetes o determinadas enfermedades asociadas a niveles elevados de colesterol, como las enfermedades coronarias y la hipertensión.

Las personas mayores con discapacidad tienen mayor probabilidad de sufrir determinados problemas de salud que el resto de la población, pero suele tratarse del mismo tipo de problemas:

  • Los problemas físicos no difieren demasiado de los que sufren las personas mayores, en general, si bien, son más frecuentes los problemas musculares y de huesos (osteoporosis, en particular), respiratorios y del oído medio.
  • Entre los trastornos mentales, destacan las demencias y la depresión.


Sin perjuicio de lo anterior, algunos estudios demuestran una mayor prevalencia de determinadas alteraciones de la salud en relación con síndromes específicos. Sin ánimo de exhaustividad, las más destacadas son las siguientes:

  • El Síndrome de Down parece asociarse a un envejecimiento prematuro y a una esperanza de vida inferior a la del resto de la población con discapacidad intelectual. Según avanza la edad, se incrementa la incidencia de cataratas, desórdenes visuales y auditivos, epilepsia y de la demencia tipo Alzheimer, aunque lógicamente, esta mayor incidencia en esta población no debe interpretarse como una regla aplicable a todas las personas con Síndrome de Down.
  • Las personas con Síndrome X Frágil, cuando alcanzan edades avanzadas, presentan tasas relativamente elevadas de desplazamiento anormal de una o ambas válvulas hacia la aurícula izquierda del corazón. También son frecuentes los desórdenes músculo-esqueléticos, los episodios de epilepsia y deficiencias visuales. En las mujeres con Síndrome X Frágil, se ha observado, asimismo, la aparición de la menopausia a edades más tempranas que en el resto de las mujeres.
  • Las personas afectadas por el Síndrome Prader-Willi tienden a mostrar tasas elevadas de diabetes y enfermedades cardiovasculares, asociadas, con frecuencia, a una obesidad mórbida.
  • En el caso de la Parálisis Cerebral se observa una esperanza de vida menor que en el conjunto de la población, debido a los desórdenes primarios (en particular, las deficiencias motoras y los problemas posturales y de tono muscular que afectan a la movilidad y al habla) y secundarios (problemas de motilidad gastrointestinal, problemas respiratorios, problemas de desmineralización ósea, que aumenta el riesgo de sufrir fracturas y úlceras de decúbito) asociados a esta patología.
  • En la población con daño cerebral adquirido grave se observa una disminución en la esperanza de vida y un incremento en el riesgo de desarrollar, a largo plazo, demencia de tipo Alzheimer.

Pautas para minimizar el impacto del envejemiento en la salud de las personas
 

  • Lógicamente, lo importante es la detección y el tratamiento tempranos, a lo largo de la vida para aumentar las probabilidades de minimizar los efectos negativos durante la vejez. De ahí que los cuidados de la salud deban darse durante todo el ciclo vital; esta continuidad en la atención permitirá identificar la evolución y/o las consecuencias de enfermedades específicas y planificar las intervenciones terapéuticas más adecuadas.
     
  • En el caso de las personas con discapacidad intelectual o con deterioro cognitivo, la prevención puede verse dificultada porque o bien no expresan sus síntomas, o bien los expresan a través de conductas problemáticas. En tales casos, puede ocurrir que la patología quede oculta y no se manifieste hasta que la evolución sea muy avanzada, con el consecuente sufrimiento y deterioro de su calidad de vida.
     
  • De ahí que, a partir de los 45 años, convenga llevar a cabo un seguimiento médico riguroso que permita detectar, cuando se produzcan, los primeros indicios de envejecimiento. Para ello es preciso conocer el estado de salud previo, así como los síntomas y signos que caracterizan a la discapacidad y, en su caso, al síndrome específico que padece la persona, con el objeto de diferenciar los procesos de nueva aparición, que pueden asociarse al envejecimiento, de las patologías preexistentes.
     
  • Es esencial, en este marco, prestar especial atención a los cambios en el comportamiento, en la emotividad y en la comunicación, además de vigilar los declives en las capacidades de razonamiento y en la memoria. Es importante, igualmente, no perder de vista que el deterioro de ciertas capacidades puede ser atribuido a alteraciones de la conducta, pero también pueden aparecer como consecuencia de la ansiedad generada por crisis vitales como, por ejemplo, la pérdida de familiares o un cambio de residencia.
     
  • De ahí que resulte recomendable que la evaluación permanente de la situación y de la evolución de la persona abarque varias áreas funcionales y sea realizada por un equipo multidisciplinar que, en estrecha colaboración con el grupo de personas que intervienen en la planificación individual de su atención, sea capaz de comunicar a las y los profesionales de la salud el conjunto de indicios que presenta a la persona y que pueden ayudar a un mejor diagnóstico.

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