La violencia filio-parental posee un conjunto de características del comportamiento bien definidas que conforman un patrón de la conducta que se manifiesta en forma de falta de límites, arrebatos incontrolados y una creciente tendencia a los extremos (Omer, 2004). La mayoría de los niños y adolescentes violentos sienten una profunda aversión a ser supervisados o guiados por sus progenitores y, en algunos casos extremos, por cualquier otro adulto responsable.
Por su parte, Harbin y Madden (1979) afirman que los ataques contra los progenitores se producen, normalmente, cuando hay un desacuerdo entre éstos y el hijo, porque la madre y/o el padre hacen algo que trastorna al joven agresor (por ejemplo: fijarle límites, darle una reprimenda por ingerir alcohol en exceso o castigarle por mal comportamiento en la escuela).
En este sentido, la violencia filio-parental comportaun modus operandi específico entre agresor y víctima que adquiere, en ocasiones, la forma de ciclo coercitivo, al que denominaremos círculo de la violencia filio-parental.
Desafortunadamente, las madres y los padres de los niños y adolescentes maltratadores descubren, de forma inevitable, que sus recursos habituales de reaccionar o, incluso, la puesta en práctica de las sugerencias que les dieron los especialistas en terapia familiar, son inefectivas con sus hijos/as.
Asimismo, cuando los progenitores utilizan reprimendas, amenazas o castigos, los/as menores responden incrementando en intensidad y frecuencia su conducta violenta, lo que les hace optar por la persuasión, la aceptación o la comprensión del hijo. Sin embargo, e inesperadamente, el/la menor no sólo ignora estos gestos conciliadores, sino que reacciona con mayor desdén, siendo en este momento cuando los padres y madres llegan a comprender que sus manifestaciones de conciliación o de sumisión (tal y como las ve su hijo/a), comportan un incremento en las exigencias del/ de la niño/a o adolescente, lo que les lleva al enfado e indignación, expresados con contundencia.
Así las cosas, la relación filio-parental se ve atrapada en un proceso de acción-reacción, donde la sumisión o actitud suave (como un intento de pacificación parental), provoca mayores y más frecuentes exigencias por parte del hijo/a, en contra de lo esperado. Por ello, según Aroca (2010), ante la conducta prepotente y violenta del hijo/a, se establece una nueva dirección actitudinal parental a causa de la frustración que sufren, adoptando una conducta de hostilidad y dureza. En ese momento, el hijo necesita vengarse, tomar la revancha y establecer represalias para contrarrestar la dureza de sus progenitores, incrementando, de nuevo, sus agresiones. Esta escalada violenta hace que aparezca, de nuevo, la actitud suave o de sumisión parental para que el clima familiar no sea tan estresante, para lograr vivir y convivir en un hogar menos conflictivo y bajar la tensión.
En palabras de Harbin y Madden (1979) “diríamos que las víctimas compensan o refuerzan el comportamiento del hijo/a desistiendo o cambiando de posición como respuesta del acto agresivo del hijo/a”. Aunque en ciertos casos los progenitores vuelven a la hostilidad y dureza, apareciendo una lucha de poder constante.
Por consiguiente, se establece un círculo bidireccional de sumisión-hostilidad/hostilidad-hostilidad.
A su vez, esta bidireccionalidad provoca dos tipos de escalada en la violencia filial,tal y como describe muy acertadamente Omer (2004), cuando nos sugiere la existencia de una escalada complementaria (en la que la sumisión parental aumenta las demandas y actitud violenta del hijo) y una escalada recíproca (donde la hostilidad parental genera hostilidad filial).
En este gráfico se establece el modo en que ambas escaladas propuestas por Omer (2004) se retroalimentan mutuamente.
