Son muchos los estudios que destacan una mayor proporción de familias monoparentales (entre las familias donde existe una problemática de violencia familiar ascendente), en las que las madres viven solas con sus hijos (bien porque son solteras, o separadas/divorciadas). (…)
No obstante, los autores destacan que no se trata de que el divorcio o la monoparentalidad en sí mismos sean factores de riesgo, sino que todas aquellas variables que van asociadas a estos acontecimientos serían las que habrían ido deteriorando la relación entre padres e hijos.
Estas variables podrían ser el proceso de ajuste vivido por la madre al pasar al estatus de monoparentalidad (Wallerstein, 1991), el proceso de ajuste vivido por los hijos al pasar a un estado de mayores responsabilidades (Hetherington, Bridges e Insabella, 1998), la alienación por conseguir la custodia de los hijos (Turkat, 1994), las dificultades económicas (Pagani et al., 1997) o la falta de apoyo social por parte de la familia extensa (Kurtz, 1994).
En un estudio realizado por Romero y cols. (2005) se halló que el 56% de los jóvenes denunciados por conductas violentas hacia sus padres, vivía en organizaciones familiares diferentes al núcleo familiar originario. A través de análisis multivariados, encontraron asociaciones que permiten establecer características comunes en cada núcleo convivencial:
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