Si lo que los hijos aprenden en la familia es que los desacuerdos -de cualquier tipo- conducen a un “impasse”, a una situación sin salida y que la violencia es un recurso resolutivo que descarga la tensión creada, es probable que cuando crezcan y se encuentren en situaciones similares, repitan los mecanismos aprendidos en la infancia para resolverlas.
Es decir, que familias en donde los hijos han sido espectadores de malos tratos frecuentes generan, más fácilmente, hijos maltratadores -de sus padres o de sus parejas e hijos en el futuro-. (…)
El conflicto puede llevar a una triangulación, en la que se utiliza al/ a la menor para atacar al cónyuge, buscando su alianza.
Para ello, no se duda en descalificar al otro progenitor, en especial si éste ha puesto algún límite: se quitan los castigos, se desvaloriza lo que hace el cónyuge o se le ridiculiza y desacredita.
Esta situación conduce a la inconsistencia y el desacuerdo en cómo educar a los/as hijos/as o a la inadecuación de los medios utilizados: las mismas conductas llevan a castigos desproporcionados en algunos casos y pasan desapercibidas en otros. La arbitrariedad se convierte en la norma, y desacredita cualquier intento de marcar unos límites consistentes.